Poesía

Amiga:

hoy es el primer día de un fin de semana largo y, aunque acá el viento aúlla por los corredores de microcentro, te puedo imaginar en el calor de la Gran Manzana. Justo el jueves alguien me preguntaba a qué se parece una manzana y no tuve mejor idea que decir a una pelota de plástico roja. Creo que el que respondió que se parece a New York tuvo mucha más imaginación. Tengo en mi casilla un ejercicio sobre asociaciones poéticas (como me gustó llamarlo a mí) que no sé en qué pueda terminar. Por eso mismo, me entusiasma. Son esas asociaciones que rompen con la pelota de plástico o que hacen que uno termine diciendo que una manzana huele a fresco y rebota haciendo ruido de chancho. No, como ya sabés muy bien, no necesito fumar nada para hacer estas asociaciones. Sin embargo, la poesía es algo que siempre me amedrentó: las formas laxas que adquirió a fuerza de vanguardia, me hacen trastabillar.

¿Cómo imitar un poema cuando no se sabe cómo se supone que tiene que ser?

Y sí, yo necesito imitar un poema antes de comenzar a escribir los propios justamente para poder entender la forma en la intento expresar mis pensamientos.

Si no hay forma que imitar ¿significa que puedo darle la forma que sea? Pero entonces ¿quién decide que es un poema y no cualquier cosa?

Como verás, la poesía me amedranta. No tengo respuestas a estas preguntas y creo que si le preguntara a Edu, el único poeta que conozco en persona, me diría que poesía es algo que se siente, que se percibe y no que se piensa.

Tarea difícil la del poeta, de darle nombre a sus sentimientos con palabras hechas para expresar pensamientos.

Te quiero,

Mojito

Difícil

Querida amiga:
tus valijas aun no están cerradas y los mails se multiplican en tu bandeja de entrada. Mientras tanto, yo te molesto, te saco de esa rutina de leer y escribir, te robo tiempo para mí. Me cuesta pensar que te vas y me quedo sin nadie con quien compartir mis líneas.
Tal vez haya sido esa desesperación la que me llevó a buscar un lugar donde acurrucar mis palabras y mantenerlas a salvo del invierno que no quiere irse. No sé si lo haya encontrado, lo único que encontré, por ahora, es el viejo prejuicio de “los de Letras se creen que se las saben todas”. Así me recibió quien dirige el nuevo espacio, con un prejuicio del año del jopo y la gomina, esgrimiendo una imagen de academia que hace tiempo dejó de circular. Pero no dije nada, me limité a sonreír y callar. Si hubiera hablado, no habría podido no justificar su aseveración porque ese tipo de prejuicios sacan lo peor de mí y lo peor de mí, es mi soberbia.
Como verás, aun no te fuiste y yo ya te extraño. Extraño que entiendan este miedo que habita a los bichos más sutiles de filo, esta sensación de no encajar nunca que nos sale por los poros y esas ganas -que los de afuera sienten nefastas- de comunicar constantemente esa magia de los libros que hemos leído y nos ha poseído hasta el punto de querer inundar el mundo de ella. ¿Es posible que la humedad de las paredes se haya quedado pegada a nuestros sueños maravillosos y haya hecho crecer larvas repugnantes en sus espaldas? ¿Por qué, si no, nos mirarían horrorizados cuando les contamos de las maravillas de los alemanes, los italianos, los argentinos o los mexicanos? ¿Cómo pueden no ver la magia, ¡esa misma que están buscando!?
Somos bichos de letras, todos, queriendo o sin querer. Algunos somos más conscientes, otros menos y otros nada; algunos lo sienten como una maldición, otros como lo natural y otros como un regalo. Yo no sé por qué soy lo que soy, pero me gusta. Adoro las teorías de Walter Benjamin y los primeros cuentos de Borges, me fascina sentarme frente a los cantares Náhuas y disfrutarlos como si fueran Goiabas frescas, y mi sueño siempre ha sido una inmensa biblioteca con detalles en madera y un ventanal a un inmenso jardín, con chimenea, lámpara y sillón. Soy de Letras, sí. Amo los mundos posibles y los imposibles, salgan de mi mano o de otra.
Amiga, te vas a la aventura de un mundo nuevo, un mundo tan inmenso que ha inspirado millares de fantasías. Te vas a crear tus propios mundos, también. Voy a estar siempre de este lado, escribiendo te y me, siendo de letras, voz al viento. Como siempre.
Te quiero,
Mojito

Mundos

Querida amiga:

sé que nunca te conté de esto, pero tenés que saber que, en mi taza de café, vive la China. No, no se trata de una mujercita de las pampas ni siquiera de una mujer de ojos rasgados, se trata ni más ni menos que de la China misma.

Hace ya unos años, cuando yo andaba distraída con otro blog y escribiendo otras historias, se me dio por prepararme un café bien cargado, de esos masticables que gustaban a uno de mis amantes. En eso, cuando el café se terminó, quedó limpia, en el fondo de la taza, la imagen de cinco viajeros chinos. Cómo habían llegado hasta ahí nunca lo supe, pero lo cierto es que seguí sus peripecias durante días: se treparon a las montañas de las China, vadearon sus ríos, caminaron bajo la lluvia, se dejaron cubrir por la nieve y hasta se internaron en sus bosques oscuros perseguidos por la guardia imperial.

Hoy, perdidos ya hace mucho esos cinco viajeros, volví a hacerme uno de esos cafés. Entonces, desde allá abajo en la taza, se dejó ver la imagen de las cataratas de la China. Sí. Una inmensa nube de espuma se alzaba desde el lugar donde caía una lluvia suave y cristalina. A su lado, una montaña oscura como la noche le hacía de guardia. Fue un momento en el cual la espuma crecía y se expandía hasta casi la mitad de la cascada. El agua se movía sutil en su nube y se elevaba al costado de la piedra negra y fría, ambas eran la China. Eran un mundo misterioso que se oculta bajo la espuma que distrae la mirada, un mundo que guardan las piedras húmedas.

Hoy es miércoles y me preparé el café para sentarme a trabajar. No me hice té de canela, quien sabe por qué. Pero presiento que, desde esas gotitas frías y chinescas, surgirá algo.

Abrazo fuerte,

Yo

Tardes de invierno

Mi querida M.:

a veces, en estas tardes de invierno, se me da por pensar. Pienso tramas, piruetas y peripecias, me dejo llevar por la música que suena mientras trabajo. Las paso y repaso en mi cabeza. Una vez que las tengo bastante pensadas, tomo el papel y me dispongo a ponerlas en letras. Es en ese preciso momento cuando se hacen humo. Sé que habías adivinado ese truco demoníaco de las ideas.

En estos días de viajes en colectivo, he verificado que las ideas parecen llegar cuando una menos se las espera y, para peor, cuando una ni siquiera tiene a mano una birome con la cual esbozar algo, cuando menos, en la propia palma. Pero no, como duendes traviesos vienen cuando saben que no pueden ser atrapadas. Por eso, muchas veces, las sueño. Me dejo llevar por las casas y caras que se suceden en mis viajes y las sueño en movimiento, las hago llegar hasta los extremos mas locos y las siento vibrar de emoción en el pecho. Para cuando llego a casa, las posibilidades de todas ellas ya han sido probadas y de nada sirve que encuentre ahora un papel: han quedado atrás, agotadas de tanto trajín.

Solía pensar que éste era un buen castigo para ellas, que me asaltaban en momentos inoportunos, pero ahora me doy cuenta de que las he estado alentando a hacerlo una y otra vez. Ellas se divierten muchísimo yendo a los lugares extremos a los que las hago llegar, la pasan de maravillas y soy yo la que se queda sin aliento para cuando llega al escritorio.

Estoy tramando un plan para agarrarlas de los calcetines, prenderlas de las orejas puntiagudas y llevármelas en un bolsillo sin que puedan escapar hasta revelarme la clave para llegar al final del arco iris. No sé si va a dar resultado, pero espero que, al menos, pueda sorprender alguna distraída o vaga, que no haga mucho esfuerzo por librarse de mí.

Cariños,

Yo

Motivos

Querida M:

trabajar juntas fue una de las mejores cosas que hice por mí en los últimos años. No sólo fue productivo escuchar tus lecturas de mis trabajos, sino que me ayudaste a construir un espacio donde poder escribir(me) todo lo que quisiera. Tal vez por eso, cuando me dijiste que te ibas, sentí que me quedaba un poco huérfana. Había aprendido a retomar el camino de las letras de tu mano y ahora me toca ir sola por esta senda que me encanta y que me asusta.

Sin embargo, y a pesar de que la escritura es una actividad solitaria muchas veces, no puedo escribir en soledad. Me acostumbré a dar a luz en la penumbra de tu living, con tu birome y esos tres conitos de luz sobre mi cabeza (que me hacían acordar al cono del silencio). Pero algo curioso pasó. Un día, cuando volví a mi casa después de una larga jornada de trabajo, me hice un té de canela y me senté con mis cuadernos, escribí esos diez minutos sagrados y comencé a esbozar una historia. Así, sin darme cuenta, recreaba ese hábito que me enseñaste. Ahora, cuando me siento a escribir no estoy sola, estoy con vos. Eso es lo que un buen maestro hace de uno: un buen discípulo.

Es probable que para cuando leas esto estés en NY, muerta de nervios y pensando qué cuernos hacés allá. Tengo una palabra para vos que me vino desde lugares insospechados “antevasin”. Yo no la conocía y, al leerla, supe que cada uno de nosotros tiene un poco adentro de esos seres que viven al límite del bosque oscuro y la aldea. Allá vas, a encontrar un mundo nuevo, a extender esa línea y llevarla más allá de la frontera que ahora marca, a delinear una nueva marca para lo desconocido. De eso se trata. Uno no se mete nunca en lo desconocido, éste siempre queda un paso más allá. Siempre vas a estar rodeada de un mundo conocido de una u otra manera, y cuando ehces mano de esa parte que te es familiar, el miedo se va a ir.

Hay muchos motivos en la vida para hacer las cosas: miedo, amor, aventura, curiosidad, determinación… Yo escribo este blog para no perderte, para tenerte en la escritura que es lo que nos hizo finalmente amigas. No sé qué es lo que te lleva a NY, pero sé que vas a la aventura y por amor al arte, todo lo demás es viento y silencio. Olé!

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